Eso es. Barrer hacia afuera, para dejar limpio lo nuestro, y ensuciar lo de los demás. Así, lo nuestro quedará aún más limpio, porque nuestra suciedad añadida a la de los otros ayudará a que el contraste entre lo nuestro, recién barrido, se vea impecable con lo de los demás, que acaba de recibir nuestro aporte de suciedad.
Lo vemos a diario. La profesora de colegio internacional para estudiantes privilegiadísimos de los estratos más altos de la ciudad, que muy pulcra y ejemplarizante abre la ventanilla del autobús escolar y bota unos cuantos papelillos que ensucian el impecable entorno en el que sus estudiantes aprenden civismo e higiene. El bus y el puesto de la profesora quedan impecables, y la ciudad recibe el aporte de suciedad estrato alto que es necesario para que los padres de familia de ese colegio puedan comparar con orgullo la limpieza de su establecimiento con la suciedad general de la ciudad en la que está.
También está el restaurante que no solamente construye en las zonas de reserva urbana, sino que además remodela divinamente sus instalaciones, dejando en ruinas los andenes y la misma calle de enfrente por las volquetas y el tráfico pesado generado por las obras que harán ver su establecimiento en perfectas condiciones, que contrastan más aún con la destrucción urbana promovida por las obras de mejoramiento interno de su local.
Y ni qué decir de los mismos restaurantes que, habiendo invadido el espacio público con sus terrazas furtivas y sus cerramientos provisionales y sus toldos y metros cuadrados rapados a la ciudad, sacan las basuras justo en frente de la puerta de acceso de sus locales, botan la grasa a la alcantarilla de enfrente o sobre el mismo andén si la alcantarilla está a más de unos pasos de distancia, y aportan a la ciudad con la fealdad, la grasa, el hedor y la tristeza de unos andenes dignos de cualquier barrio de talleres callejeros, para que esa misma fealdad contraste con la belleza interior de sus negocios y las delicias puras y limpias que ofrecen a sus comensales.
Barrer hacia afuera. Deporte nacional del colombiano, cuyo concepto de sociedad es 'primero voy yo, que después sigo yo, y los demás se jodan'.
Hasta en la forma de manejar se ve cómo ese 'barrer pa fuera' está embebido en lo más profundo de nuestra idiosincrasia. El taxista que siempre anda a cinco cuando se puede andar a una velocidad razonable, porque está esperando a que lo pare algún pasajero, o el mismo taxista que cuando un peatón cruza la calle y el semáforo se pone en amarillo, arranca rápido y desafiante haciendo respetar el espacio suyo y de su taxi, al tiempo que pone a correr al indefenso peatón.
Una sociedad que se embellece adentro ensuciando afuera, no es una sociedad. Es una suciedad.
O la universitaria de la provincia que vive en un apartamento que sus papás le pagan en la capital, que se asoma por la ventana con el tapete sucio y lo sacude en la terraza del vecino de abajo, ¡estando el vecino de abajo en la terraza!, y se molesta porque el otro le hace ver lo que está haciendo. O, en el mismo edificio y en la misma terraza, las innumerables colillas y fósforos y empaques de papas fritas, y condones que el vecino de la terraza tiene que barrer a diario, mientras los de las ventanas de arriba reciben sus visitantes y sacan pecho cuando les alaban el orden y la limpieza de sus respectivos apartamentos.
Barriendo hacia afuera. Así construimos la idea de sociedad en este país. Así nos hundimos en nuestra propia miseria, mientras juramos que el nuestro es el mejor vividero del mundo. Claro, porque toda la suciedad la hemos barrido hacia afuera.