A un par de semanas de las elecciones, las encuestas parecen indicar que la ciudadanía tiene preferencias claras, aunque los candidatos van modificando sus promesas según cómo les esté yendo en las estadísticas de intención de voto.
Así como sucedió en la campaña presidencial del año pasado, las propuestas de los candidatos más opcionados a la Alcaldía de Bogotá son cada vez más parecidas, porque la estrategia electoral moderna indica que hay que apropiarse de aquellas promesas que los electores encuentran más atractivas para repuntar en las encuestas.
Esa "homogenización programática" (aunque debería ser "neutralización promesera") hace que los aspectos de imagen de los candidatos cobren mayor importancia, también como lo pudimos comprobar en las pasadas elecciones presidenciales, en las que vimos cómo quien finalmente ganó se burló, al mejor estilo del "bully" colegial, de su aminorado contrincante, y logró dejar su imagen por el piso y, de paso, obtener una abrumadora mayoría en la segunda vuelta.
Así, la imagen de un reinsertado o exmovilizado que se mueve como pez en el agua en la coalición de la "unidad nacional" y que mira de reojo a sus inferiores, que para él somos todos, atrae a un importante número de ciudadanos de clase media y media baja, que de alguna forma ven en él la oportunidad de sacarse el clavo y poner a "uno de los suyos" finalmente en un cargo de elección popular (sería el segundo en realidad). Su discurso "social" enmascara un profundo deseo por "reivindicar" a las clases oprimidas, y para nadie es un secreto que su ambición va bastante más allá de la Alcaldía.
Y está entonces la simbiosis forzada de la única mujer con un gran amigo del anterior, que más parece una maquiavélica fusión que a la larga beneficiará al anterior en contrapeso del "mejor calificado" que no se resistió al apoyo de quien, para un cierto sector de la sociedad, encarna lo peor que le ha podido suceder al país. Su jugada maestra fue la de cambiar algunos voticos de opinión por muchísimos votos de pasión, y hasta el momento le ha dado resultado, aunque ya empieza a mostrar un cierto desgaste.
Hoy por hoy no hay un claro ganador, aunque sí están clarísimos quiénes serán los perdedores. El 30 vamos a ver cómo Bogotá vuelve a elegir a uno de los mismos que en las dos últimas administraciones han llevado a la ciudad a donde está: una Bogotá más humana, es decir, una Bogotá más equivocada.
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