Definitivamente el 20 de octubre de 2010 puede considerarse el nacimiento del día de la piñata de la Unidad Nacional. Los comunicados del Ministerio de Hacienda, eufóricos por la aprobación del presupuesto para el 2011, hacían piruetas increíbles con las cifras para mostrarlas bajo una luz positiva, cuando lo que esas cifras esconden es un panorama sombrío para el país y para sus futuras generaciones.
Los comunicados oficiales hablan de una reducción de la participación de los gastos de funcionamiento como porcentaje del PIB, en una pirueta maravillosa para esconder el hecho de que la partida más grande del presupuesto es, precisamente, la de burocracia y transferencias, que superan los 85 billones de pesos, el premio gordo de la piñata que se aprobaron ayer los congresistas de los partidos de la Unidad Nacional.
Un país que dedica la mayor parte de su presupuesto a la burocracia y a unas transferencias controladas férreamente por el Ejecutivo, es un país condenado al subdesarrollo que promueven las prácticas clientelistas inmemoriales.
Es claro un esfuerzo cosmético en la presentación de las partidas del presupuesto, de tal forma que el gasto militar (que de manera cínica pretenden camuflar como inversión en los comunicados) no aparezca como la principal partida, cediéndole ese puesto a "inversión social", otro de los rubros donde suelen abrevar políticos habilidosos que encuentran en esos recursos fuentes para financiar sus campañas, así como para aumentar sus patrimonios.
Mejor dicho, en lo que sí hemos visto un respeto absoluto a la línea del anterior gobierno, ha sido en la vocación del nuevo gobierno de perpetuar la práctica de concentración de la riqueza, y de su manejo, en unos pocos, que promete cualquier cosa, menos la promoción del desarrollo equitativo, y ni qué decir de la "prosperidad democrática".
El tema del presupuesto, aprobado en el último minuto como suelen hacerse las aprobaciones de pupitrazo limpio que convienen a los de los pupitres y a pocos o nadie más, pasó de agache en los medios, opacado por la exagerada batahola de testimonios nuevos e incriminaciones nuevas (que no llegarán a nada más que una palmadita en la mano) de las novelas de las chuzadas, y de la descarada desviación de fondos a los de la cuerda de la administración anterior, en cabeza de megagrupos económicos nacidos de la noche a la mañana, a los que les han asignado los más jugosos contratos de infraestructura de la capital y del país entero.
Preocupa, asusta, atemoriza, aterra. El presupuesto piñata que se aprobaron el 20 de octubre, es constancia clara de que en Colombia nada va a cambiar, por lo menos en el 2011, con el nuevo mandatario y su equipo.
Desilusiona.
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